La Habana es la ciudad más húmeda de Cuba.
De frente a la bahía, y mirando al Castillo de La Fuerza,
El Morro y La Cabaña,
creo que también pudiera ser la más feroz.
Admiro a la pareja que se ama en un banco vecino
y sospecho que, encima, La Habana se desdobla en bondadosa.
Con tantas paradojas en la mente, acaricio los muslos de mi amante
(aquí podría quizá decir mi amada, pero temo que suene apresurado)
palpo su fluvial sexo y admito, confundido,
que esa Habana tan íntima adonde me refugio
—a Habana de su carne y de su espíritu—
es la ciudad más húmeda, más feroz, más amable
de todas las ciudades del planeta,
y que añoro habitarla con mi dúctil cinismo de viajero,
con mi euforia de náufrago, mi garbo de mendigo,
y con todo este vértigo que arrastro hacia el eterno pozo
de las vísperas.
envio Juana Abas